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viernes, 29 de agosto de 2008

VIAJE AL PARAGUAY, CATARATAS Y MISIONES
Febrero del 2001



Preparativos para el viaje.
El día 03 de febrero desarmé la rueda trasera de la Jawa, puse una cadena nueva, engrasé la transmisión y desmonté la tapa de los cilindros, le cambié los aros a los dos pistones y puse juntas nuevas. Había puesto cubiertas mixtas METZELER preparándome para hacer caminos de tierra y bujías nuevas. Le efectué un descarbonizado y limpié los caños de escape. También le cambié el aceite y los retenes a las barras de amortiguación. Encinté los terminales eléctricos para evitar que se humedecieran en caso de lluvia. Por último le hice un cambio de aceite a la caja de cambios. Todo esto me llevó un día más para terminar.

Comienzo del viaje.
Día 1.
05 de febrero del 2001.
Después de haber dejado -la noche anterior- preparado un bolso con ropas, alimentos e implementos para acampar (que complementaban la carpa, parrilla y el colchón inflable colocados en la parrilla trasera), una mochila sobredepósito y las dos maletas laterales conteniendo repuestos, herramientas y equipo, arrancamos en nuestro proyectado viaje hacia el Paraguay. Habíamos planificado salir muy temprano, pero mientras ajustábamos el equipaje y tomábamos el desayuno, terminamos saliendo a las 09:00, cuando comenzaba a calentar el sol.
Obviamente, todo marchaba sobre ruedas, por lo que no podría durar así demasiado tiempo. Circulábamos por la Ruta 1 vieja cuando antes de llegar al límite departamental sobre el puente del río Santa Lucía (y con intención de dirigirme a una estación de servicio para llenar el tanque de combustible), le pedí dinero a Silvia (ella es la Tesorera del equipo), y me contestó “¡cómo? No lo trajiste vos!?”. Naturalmente, tuve que regresar 20 kilómetros hasta nuestra casa y levantar los U$S que habíamos ahorrado durante el transcurso del año anterior para nuestro viaje. Finalmente, a las 11:00 de la mañana partimos hacia nuestro destino.
La primera parada la hicimos a 120 kilómetros, sobre la Ruta 1, donde existe un parque, en la entrada a la ciudad de Nueva Helvecia. Allí desayunamos el consabido mate con bizcochos y reiniciamos la marcha, siguiendo luego por la Ruta 2 hacia la ciudad de Fray Bentos. En la ciudad de José Enrique Rodó existen unas lomadas tan descomunales a la entrada y salida del pueblo, que hay que subirlas en primera y con mucho cuidado de no caerse. Fray Bentos está en el kilómetro 309; allí almorzamos hamburguesas en una plaza y continuamos rodando. Cruzamos el Puente Internacional General José de San Martín e ingresamos a la República Argentina (los trámites son simples y bastante rápidos). Al llegar a Gualeguaychú, no entramos en la ciudad, sino que tomé un desvío hacia la derecha que lleva directo a la Ruta 14. Cuando comenzaba a atardecer fuimos buscando un lugar para cenar y acampar que quedara resguardado de la ruta. Al final encontramos un sitio agradable junto a un arroyo que corre unos kilómetros antes de llegar a Concepción del Uruguay. El único inconveniente era que había tantos mosquitos que teníamos que permanecer dentro de la carpa todo el tiempo, lo que, junto con el cansancio del viaje, no nos molestó en absoluto.

Día 2.
06 de febrero del 2001.
Nos levantamos y después de desayunar, arrancamos nuevamente. Al mediodía almorzamos en una especie de restaurantes que hay cada tanto al costado de la ruta. Al entrar a Corrientes, existe un puesto de control de la Policía Caminera, donde se me complicaron las cosas cuando un agente me solicitó: “Tarjeta verde?” a lo que le respondí que era la segunda vez que viajaba a la Argentina y nunca me habían pedido tarjeta del seguro (en Uruguay no era obligatorio). Finalmente, luego de conversar con el Sargento a cargo, resultó que teníamos conocidos en común, (el mundo es un pañuelo), por lo que decidió hacer una excepción y pude continuar el viaje sin problemas. (Menos mal... la multa por carecer se seguro era de $ 300). Nuestra próxima parada fue en un restaurante para camioneros que está sobre la ruta. Pasamos por una zona de humedales que estaban inundados y durante varios kilómetros solamente se ve agua a ambos lados de la carretera. El sol nos abrasaba y el calor (40° C) se sentía tanto que tuvimos que colocar las camperas debajo nuestro, sobre el asiento. Tomamos mate junto a una estación de servicio y yo aproveché para llenar el tanque y afeitarme. Proseguimos viaje, observando las plantaciones de té y acampamos en la entrada a Yapeyú, junto al arroyo Guaribarí. Cuando estaba armando el iglú, salió disparada del pasto una víbora de color negro y gruesa como mi brazo que huyó hacia unos matorrales cercanos. Otra vez el calor era sofocante (aquí no refresca de noche como en Montevideo, que al estar a la orilla del mar, cuando anochece se levanta una brisa que te hace sentir frío en la madrugada) y los mosquitos sumados al cansancio invitaban a dormir. Así terminé el día de mi cumpleaños N° 38.

Día 3.
07 de febrero del 2001.
Nos despertamos temprano y hacía tanto calor que decidí bañarme en el arroyo para refrescarme un poco. Nos detuvimos al rato y compramos yogurt bebible; al salir, dos niños nos pidieron algo y les dimos uno. Almorzamos en un restaurante que está sobre la ruta, antes de llegar a Paso de Los Libres. Allí descansamos un rato bajo el frescor de los ventiladores. Seguimos nuestro camino, y en Misiones, antes de llegar a Posadas, nos sorprendió una llovizna fina, pero era tanta la temperatura, que el cuerpo la agradece. Cuando arribamos a la capital de Misiones, el cielo se despejó, y al llegar al Puente Internacional que la une con la ciudad paraguaya de Encarnación, había una enorme concentración de gente y vehículos: el puente había sido cerrado por las autoridades paraguayas. En la estación de servicio, el empleado se puso a conversar con nosotros y nos contó que estaba por casarse y quería ir al Uruguay, también nos preguntó cómo es el mar, y no fue la primera vez que nos hicieron esta pregunta, claro, para los que nacimos junto a él, eso nos sorprende. En Misiones, cuando saben que sos uruguayo, te tratan muy bien (supongo que por estar muy ligados históricamente). Mientras esperábamos en la cabecera del puente a que se decidieran a habilitarlo, un motociclista de Corrientes me advirtió:”si en Paraguay ves a unos cortando la ruta, tené cuidado que no son policías, aquí lo hacen para robar a los turistas”. Cuando se permitió la circulación, me registré en Migración y entramos en Encarnación. Buscamos un hotelito decente (la habitación doble costaba el equivalente a $ 120 uruguayos, una suma que en mi país era irrisoria). Después de instalarnos y de estacionar la Jawa en el patio interior del hotel, recorrimos las inmediaciones y cenamos en un bar: la cerveza paraguaya es muy liviana, así que no hay problemas con su ingesta. Aquí te la sirven en un recipiente con hielo (claro si no se calienta en pocos minutos).
El calor y la pesadez son tales, que si no fuera por el ventilador de la habitación del hotel, hubiera sido imposible dormir (como de noche no refresca, el calor permanece hasta la salida del Sol). El polvo del camino (la tierra es de color rojizo) había hecho que todo el equipaje tomara un tinte de ese color, por lo que aprovechamos para ducharnos y lavar la ropa. Al otro día, después de desayunar, cargué la moto para continuar nuestro camino. Cambiamos dólares americanos por guaraníes y cargamos combustible (sorpresa!!: el precio era tres veces menor que en Uruguay).

Día 4.
08 de febrero del 2001.
Para salir de Encarnación hacia Asunción, las rutas no estaban señalizadas, por lo que opté por preguntarle a un policía, y el mismo no supo explicarme!! Al final, decidí seguir el flujo del tránsito y me encontré rodando hacia Asunción. En el sur del Paraguay, las ciudades están muy próximas entre sí. Pasamos por Carmen, Coronel Bogado, Delgado, San Patricio, Santa Rosa, San Ignacio, San Juan Bautista, San Miguel, Villa Florida, Caapucú, Quindy, Roque González, Carapeguá, Paraguari, Yaguarón, Itá...
En San Juan cargué combustible y cuando reinicié el camino, la ruta se encontraba cortada por gente con tractores al parecer por un conflicto agrario, pero no tuvieron inconveniente en dejarme pasar con la moto.
En todos los pueblos y ciudades paramos a tomar algo frío, y en San Miguel compramos ropa de algodón, la cual ofrecen al costado de la carretera. Lo que más me sorprendió fue ver a los lados de la ruta, locales con un cartel que rezaba “Carnicería” y tenían la carne al aire libre colgada de travesaños de madera (con 42° C!!).
Por el camino, un insecto que no pudimos reconocer, picó en la pierna a Silvia, la que durante dos días tuvo la misma inflamada. Cuando llegamos a Asunción era la hora 16:00; llevábamos más de 1.500 kilómetros sobre ruedas desde que salimos de Montevideo.
Recorrimos un poco la ciudad en moto, y cargué combustible. El empleado de la estación de servicio, un indígena bastante despectivo, nos inspeccionó con la vista, y al observarnos polvorientos y sudorosos, nos exigió descender de la moto y colocarla sobre el gato para despacharnos (habrá pensado que viajamos 1.500 kilómetros para no pagarle? Buscamos un hotel con garaje, y en los siguientes días optamos por recorrer la ciudad en ómnibus, ya que es muy barato (el boleto equivalía a $ 3 uruguayos) y el tránsito es bastante caótico para arriesgarse en moto.
En el hotel nos duchamos y lavamos la ropa, además de descansar merecidamente.

Día 5.
09 de febrero del 2001.
Nos levantamos, desayunamos, y antes de salir conversamos con la propietaria del hotel, que en esos momentos se encontraba en la recepción. Nos contó que había estado en el Uruguay y que le había gustado mucho; al mencionarle que habíamos visto una especie de feria interminable llena de pequeños puestos techados con lonas, exclamó: “El Mercado 4!, no vayan a ir ahí; no es lugar para turistas!”. Naturalmente, minutos después nos dirigíamos hacia el “Mercado 4”. El lugar es una mezcolanza de puestos de venta de cosas tan disímiles como ración para animales, equipos de audio de última generación, copias de CD’s, ropa, etc. Increíble y barato: los precios eran muy convenientes (claro, la mayoría de las cosas son de marcas falsificadas, pero siempre hay algo que se puede comprar). Con 41° C la sed era implacable, así que cuando oímos a un vendedor gritar: “limonada, limonada” pensamos inmediatamente en comprar una latita: vimos venir al hombre con un balde lleno de agua verdosa con trozos de hielo en su interior (al fin algo frío!), pero de pronto, unos transeúntes se le apersonaron, tomaron un jarro que éste portaba, y por turnos lo metían en el balde y tomaban su contenido! ... Por algo cuando era niño me decían que no comiera nada que te den en la calle... Optamos por entrar en un autoservice y comprar un envase de un refresco conocido. Otra curiosidad – para nosotros- que observamos, es que la gente no toma mate con agua caliente, sino que en las materas lleva un recipiente con agua fría en lugar del termo. (Ya sabíamos lo que era el tereré, pero nunca habíamos visto alguien tomándolo por la calle). Almorzamos en un restaurante cerca del hotel y recorrimos los puestos de venta existentes en la Terminal de Autobuses. De tarde, paseamos un poco por la ciudad y saqué fotos. También compramos artesanías para tener como souvenirs.

Día 6.
10 de febrero del 2001.
Desayunamos y volvimos a concurrir al Mercado 4 donde Silvia hizo unas compras. En el Mercado hay bijouterie y obviamente los metales están rebajados o son aleaciones. Igual, en los comercios establecidos los precios son bastante menos que en nuestro país. Almorzamos en el mismo lugar del día anterior e hicimos unas compras en un autoservice. De noche cenamos en un restaurante donde nos sirvieron parrillada –con brasero y todo- (el precio era bastante caro en guaraníes, pero traducido a pesos, no nos alcanzaba ni para choripanes).
Mientras permanecimos en Asunción, estuvimos evaluando ir hasta Bolivia (el dinero alcanzaba y la distancia no era mucha) pero no disponíamos de suficiente tiempo, ya que a nuestro regreso nos esperaban nuestros respectivos trabajos. Haremos nuestro viaje al altiplano más adelante.




Día 7.
11 de febrero del 2001.
Después de haber descansado, salimos para Ciudad del Este, lo que demoré un poco porque no encontraba la salida a la ruta, debido a la inexistencia de carteles indicadores. Después de cruzar por distintos barrios con aire colonial, salimos hacia el Este, recorriendo: San Lorenzo, Capiatá, Itauguá, Ypacarai, Caacupé, Eusebio Ayala, Itacurubi, San José, Coronel Oviedo, Caaguazú, Juan M. Frutos, Campo 9, Juan O’Leary, Juan L. Mallorquín y Ciudad del Este. Por el camino, otra sorpresa!: en el peaje las motos también pagan (menos mal que es barato). Entramos en Caacupé, y la basílica de la Virgen patrona del Paraguay se encontraba rodeada de un gentío. Aquí los católicos son muy devotos y practicantes. A mitad del camino, estábamos descansando y tomando mate bajo unos árboles, cuando paró una camioneta 4x4 y descendieron unos hombres, uno de ellos, miró mi matrícula y nos preguntó si en verdad veníamos del Uruguay, mientras conversábamos, exclamó asombrado: “están tomando mate con agua caliente?!!” Le explicamos que de donde veníamos no se concibe en tomarlo de otra manera. Por último, nos dijo su nombre y nos dio la dirección de su casa para que paráramos en la misma.
Arribamos de tarde a Ciudad del Este. Unos kilómetros antes de llegar, los canteros centrales de la ruta están sembrados de flores de distintos colores, lo que los hace muy hermosos. Dimos unas vueltas por la ciudad, donde hay un Parque (jardín) Japonés y tomamos unas bebidas frescas. No pudimos hacer compras porque era fin de semana y la mayoría de los comercios se encontraban cerrados. l Cruzamos el Puente Internacional y nos registramos en Brasil, la ruta se divide en dos: hacia Curitiba o hacia las Cataratas del Iguazú.
Varios kilómetros antes de llegar a las Cataratas del Iguazú se escucha el ruido que hace el agua al caer, y se ve levantarse en el horizonte una especie de niebla. Cuando llegamos a la entrada de las Cataratas, constatamos que la privatización llegó a tal punto que hay que dejar el vehículo allí mismo (hay un estacionamiento) y subir a unos ómnibus que te hacen un tour (por donde ellos quieren). Como viajar como ganado no es lo nuestro, regresamos hacia Puerto Iguazú para entrar por el lado argentino. Entramos a territorio argentino y cambiamos impresiones con los aduaneros, que estaban de buen humor. Nos dirigimos hacia el Parque Nacional de las Cataratas, donde al entrar te cobran una entrada de $ 5 y se ingresa por un camino pavimentado; a ambos lados del mismo, hay carteles con advertencias sobre la existencia de animales salvajes. El acceso finaliza en un estacionamiento frente a un Hotel Sheraton.. Dejé la Jawa y recorrimos el lugar. Hay puestos de artesanías, souvenirs, y un museo; la senda hacia las cataratas está enmarcada entre barandas y te lleva entre la vegetación, mientras se escucha el estruendo de la caída del agua, y la ropa se humedece entre el calor y la neblina. Lo majestuoso del lugar es el tamaño (estar allí no es lo mismo que verlo en un video): tienen una altura de 90 metros y ocupan 5 kilómetros. Estuve un rato empapándome con el agua que me salpicaba, lo que aliviaba la temperatura de mi cuerpo. Salimos del Parque muy tarde, tratando de aprovechar la poca luz que quedaba y prometiéndonos que regresaríamos en otra oportunidad con más tiempo. Tomé por la ruta 14 hacia el Sur, y a los pocos kilómetros estaba la Gendarmería efectuando un control de ruta: me hicieron desarmar todo el equipaje y colocarlo sobre la banquina (pensé que esto lo hacían sólo con los motociclistas, ya que a muchos les inspiramos temor y desconfianza –por favor, no miren tantas películas yanquis-) pero después observé que automóviles con familias enteras eran obligados a sacar todo el contenido de las valijas y colocarlos en el suelo para ser inspeccionados. Proseguimos el viaje y acampamos al costado de la ruta, poco antes de llegar a Wanda.







Día 8.
12 de febrero del 2001.
Al día siguiente, amaneció hermoso. Levantamos el campamento y continuamos viaje por la ruta 14. Al llegar al cruce con la ruta 112, tomamos por ésta hacia el Este, con intención de llegar al Río Uruguay. Después de recorrer varios kilómetros rodeados de selva, encontramos un desvío, y maquinaria y operarios efectuando trabajos de reparación (en esta parte, está pavimentado con ripio). Luego de sortear estos obstáculos, proseguimos por el ripio hasta encontrar el asfalto poco antes de llegar a 2 de Mayo. Lo más curioso de la selva, es, que cuando uno se va acercando, ve todo cubierto por una niebla (es el vapor de agua que se evapora entre toda esa humedad). En algunos lugares hay carteles con advertencia sobre la presencia de animales salvajes, pero lo único que vimos fue un lagarto de 1 metro de largo, que corrió paralelo al costado de la Jawa en un tramo del recorrido. Después de arribar a 2 de Mayo, subimos hacia el Norte con destino a San Vicente. A mitad de camino nos sorprendió una lluvia torrencial que nos obligó a refugiarnos bajo unos árboles. Así aprendí que debía tapar el equipaje con la lona cubremoto porque el chaparrón es tan imprevisto que podés terminar con toda la ropa de recambio empapada. La parte buena, es que, el calor es tan intenso y al no refrescar, la lluvia en vez de hacerse molesta, más bien es un alivio para el cuerpo.
En San Vicente, recargamos combustible y tomamos por la ruta hacia El Soberbio seguidos de una fina llovizna que paró a mitad del camino. Al llegar nos informamos en el puesto de la Gendarmería, y reiniciamos la marcha hacia nuestro proyectado destino: El Salto del Moconá. La ruta desde El Soberbio hasta el Salto del Moconá tiene 85 kilómetros, de éstos los primeros son de ripio, pero antes de recorrer 30 kilómetros, comienza el camino de tierra arcillosa, la que con la lluvia se vuelve intransitable (la gente de allí se mueve en tractores, y las únicas motos que vi eran Honda XL 125 –pequeñas y livianas para sacarlas del barro a mano-). Finalmente, debido a la dificultad para avanzar, paramos en Colonia Primavera –una comunidad agrícola de inmigrantes europeos, en su mayoría germanos-. Encontramos un lugar adecuado para acampar, cerca de unos eucaliptos, y como había una casa próxima, le preguntamos al morador si no le causábamos alguna molestia por armar la carpa allí. El hombre, un alemán de bastante edad, se mostró muy amable e incluso nos invitó a pasar a su casa. Nos enteramos de que en esta zona (tanto del lado argentino como del brasileño) hay muchas colonias agrícolas formadas por alemanes, y éstos normalmente no se mezclan con otras personas que no sean europeos. Compramos algo para cenar, y al otro día esperamos con la moto cargada, el paso de los camiones que transportan troncos (con su peso aplastan el barro del camino) y puse (con ayuda de unos lugareños) la Jawa sobre el trillo dejado, y así regresamos a El Soberbio.





Dia 9.

13 de febrero del 2001.

El Salto del Moconá nos quedó pendiente..., una razón más para volver a Misiones. Otra cosa que aprendimos: el verano nuestro es la temporada de lluvias, para viajar en la temporada seca, hay que hacerlo en invierno.
Al llegar a El Soberbio lavé la moto en una estación de servicio (el barro rojizo se había adherido por toda la carrocería) y emparejé los tacos de los borceguíes con el hacha (el día anterior había perdido uno mientras la empujaba enterrada hasta el eje trasero). A mitad de la ruta paramos a tomar mate (con galletas de chipa duras como una piedra). El paisaje es espectacular; sólo para ir hasta allí a verlo justifica el viaje. Después de llegar a San Vicente, bajamos rumbo Sur hasta la ruta 7 y por ésta hacia el Oeste, pasando por el medio de la selva misionera. La altura de los árboles es enorme. Hacía tanto calor que buscábamos mojarnos en algún arroyo o río de los que cruzamos, pero para llegar hasta ellos, hay que pasar por la vegetación y los árboles, y las hojas caídas y descompuestas, junto con la tierra húmeda, forman una especie de melaza, donde para caminar hay que hundir las piernas hasta cerca de la rodilla. Paramos a descansar en un mirador que hay en una curva (con los consabidos carteles referentes a animales peligrosos), y aquí Silvia; cansada, empapada y con fiebre comenzó a decir: “quiero volver a Montevideo, no soporto más este calor”. Seguimos el camino rodeados de árboles, cruzándonos con unas enormes mariposas de color azul metalizado, y antes de llegar a Jardín América vimos a los costados de la ruta, mesitas de troncos con pequeñas figuras talladas en madera. Paramos en una, y enseguida, del interior del bosque llegó corriendo un niño indígena. Las tallas las venden a $ 2 y son un lindo recuerdo.
Después continuamos viaje por la ruta 14 y fuimos hasta San Ignacio, donde están las ruinas de la Misiones Jesuíticas. También está aquí la casa del escritor uruguayo Horacio Quiroga. Seguimos rumbo a Posadas, pero antes, paramos en un peaje y nos dimos una ducha para refrescarnos y sacarnos el polvo y el cansancio del camino. En este lugar, mientras hablábamos con un gendarme, le preguntamos sobre una especie de embudos color verde que había en los alambrados, y nos contestó que como él era de otra provincia, también le habían llamado la atención cuando llegó allí: son las trampas para el “bicho picudo” el cual ataca las plantas de algodón.
Mientras buscábamos un lugar donde acampar, ubicamos un lago con un camping, pero estaba lleno de turistas, bastante ruidosos por cierto, así que decidimos continuar y armar la carpa bajo las estrellas. En determinado momento vimos delante de nosotros una inmensa humareda que obstruía totalmente la ruta, lo que resultó ser un pequeño incendio forestal, pero suficiente para hacer dudar si intentar cruzarlo o no, después de evaluarlo por unos 30 minutos, se hizo un claro y cruzamos raudos conteniendo la respiración.
Pasamos de largo por la capital de Misiones y seguimos hacia San José. Antes de llegar, acampamos al costado del camino, junto a un hilo de agua. Esa noche fue la primera desde que iniciamos el viaje, que cocinamos: arroz con atún, comida de acampante. Aquí fue donde Silvia vio otro “animal salvaje”: una araña descomunal que había hecho su tela en un árbol.





Día 10.
14 de febrero del 2001.
Al otro día, después de desayunar, partimos. A los pocos kilómetros estaba la Gendarmería realizando un registro. Esta vez, me inspeccionó un hombre entrado en años, el cual no me hizo desarmar el equipaje. Mientras nos dirigíamos hacia Paso de Los Libres, venía una tormenta de frente, con viento, truenos y relámpagos (todo incluido). El ganado de los campos se acomodaba para soportarla. Cuando estuvo suficientemente cerca, buscamos refugio en una parada de ómnibus (grandes y cerradas por tres lados). Ahí, mientras la lluvia se descargaba afuera, aproveché para dormir una siesta sobre un banco; un par de horas después pasó la tormenta y nosotros continuamos nuestro camino. Cruzamos la frontera hacia Uruguayana y no compramos nada porque los comercios en los que estuvimos no cambian dinero (no aceptan argentinos, guaraníes ni dólares, sólo reales). Y bueno, ellos se perdieron las ventas... Desde allí hasta la Barra do Quaraí son 60 kilómetros, los que hicimos los más rápido posible (la ruta es muy estrecha) porque la noche se nos venía encima.
Entramos al Uruguay por Bella Unión con las últimas luces y acampamos a la salida de la ciudad, junto a una cantera abandonada. De noche escuchaba los truenos de una tormenta, pero allí no cayó ni una gota.

Día 11.
15 de febrero del 2001.
Arrancamos de mañana y paramos en el desvío a la entrada de Belén. En ese lugar, la banquina de la ruta 3 está llena de trozos de ágatas y amatistas, muy abundantes en estos parajes. Cuando llegamos a Salto, primero fuimos a una panadería y después aprontamos el mate. Cuando compramos el agua caliente en un bar, nos llevaron la misma afuera (la moto, el equipaje, la ropa y nosotros estábamos cubiertos del polvo del camino). La siguiente parada fue en Paysandú. Almorzamos y yo aproveché para afeitarme. A la altura de las Termas de Guaviyú, la ruta estaba en bastante mal estado y unos tramos se encontraban en reparación. Cruzamos el Río Negro y paramos a descansar en el Parque Nacional Andresito; aquí podíamos haber acampado, pero la tormenta de la noche anterior y las nubes existentes en el horizonte nos decidieron a continuar nuestro camino.
Entramos al departamento de Flores (donde se notan los carteles con tinte ecológico) y recargamos combustible en Trinidad; después tomamos mate en las esculturas del Zooilógico, al medio de la carretera.
Seguimos viaje y se hizo la noche: llegamos a nuestra casa en Montevideo a la hora 21:30. Este último día habíamos recorrido 720 kilómetros.
Llegamos contentos, con más de 3.500 kilómetros recorridos, con dinero que nos sobró y la Jawa en inmejorables condiciones.


Miguel